miércoles, 30 de abril de 2014

Relato de Juan R. Castro: PINZAS, EL CANGREJO CON SUERTE



   Una noche de luna llena, en las islas Cíes, exactamente en la playa del Inglés, ¡sí, en la ría de Vigo!

Cientos de cangrejos hembra frotaron sus barriguitas contra la fina arena blanca,  y millones y millones de huevecitos de cangrejo comenzaron la aventura de la vida.

Pero... lubinas, mújeles y más peces empezaron su festín gastronómico y rápidamente nadando en todas las direcciones devoraban a los recién nacidos.

Pinzas fue  afortunado, se dejó llevar por una ola, como surfeando, acompañado de miles de compañeros...

 Se introdujo en la ría de Pontevedra, y allí por primera vez tocó el fondo, donde también lo acosaban muchos peligros.

Rápidamente se escondió dentro de una concha y pudo ver amanecer. Vió el sol por primera vez y sintió su calor. Sus rayos penetraban en el agua iluminándola de un precioso azul celeste.

Se refugió durante unos días mientras comía placton, y su concha se endurecía; ya no era tan frágil, pero sí muy pequeño para aventurarse en el mar.

Decidió pasar un tiempo en una charca de Cabo Home y se hizo amigo de una banda de camarones. ¡Esos sí que caminan hacia atrás, no como él, que lo hacía de lado!

Un erizo gruñón siempre jugaba a : “erizo, agárrame, anda”, y los dos se reían.

En la charca dos estrellas muy presumidas le decían: te estás haciendo un mozalbete!

A una de ellas se le estaba reproduciendo una patita. ¡Ellas tenían esa suerte!

Un día le comentaron que los cangrejos tenían esa cualidad, ¡pero él prefería no arriesgarse! Sus dos patas traseras le servían para nadar, las seis del medio era con las que caminaba, y sus dos pinzas, una para defenderse y la otra para comer. Él las cuidaba cada día.

Cuando se sintió  fuerte, se despidió de sus amigos y comenzó un viaje...

La ría era preciosa, a veces iba caminando y otras veces se dejaba mecer por la corriente y avanzar más rápido.

Vió un viejo barco hundido y decidió pasar la noche allí.

A la mañana siguiente se puso un poco triste: latas, botellas y un sinfín de basura estaba esparramada por el fondo y no podía entender cómo alguien podía hacer algo así.

Una tarde, fatigado del viaje, llegó a una isla y se cobijó bajo una roca para pasar la noche. Al poco rato pasó un congrio y le preguntó:

-señor, ¿me podría decir dónde estamos?

-estás en la isla de Ons, jovencito. Yo que tú tendría cuidado, ¡aquí están los mejores pulpos del mundo, y les encanta cenar cangrejo!

-muchas gracias, señor, muchas gracias...

Se protegió adentrándose más en la roca y esa noche no pudo dormir, vió cómo los pulpos se mimetizaban con el fondo y se lanzaban rápidamente sobre  nécoras y centollas.

Al amanecer decidió marcharse,   llegó a una playa inmensa, se acercó a la orilla y se dio cuenta de que podía vivir fuera del agua. Se puso a contar las estrellas, ¡nunca las había visto!, pero eran tantas que se quedó dormido.

Por la mañana se dirigió a la orilla y  a los pocos minutos se tropezó con un calamar.

-¿qué haces por aquí,chaval? ¿Qué se te perdió por La Lanzada?

-estoy viendo mundo

-¿mundo? Si quieres conocer mundo sigue todo recto y al final vira a babor, allí sí que verás mundo! Conocer mundo, dice...!qué sabrán lo que es el mundo!

Y se fue majestuosamente.

Pinzas le hizo caso y prosiguió su viaje, en cuanto viró a babor se encontró con unas cuerdas abarrotadas de mejillones. Hacia allí se dirigió y les preguntó:

-¿qué es eso, señor?

-Esto es una batea, hijo, la cárcel de los mejillones. Aquí nos engordan y cuando izan la cuerdan nos comen, así es la vida...

-señor, y  si sigo por ahí, ¿a dónde llego?

-te tropiezas con la isla de la Toja, fillo, eso sí que es un paraíso! Suerte la tuya que puedes viajar!

-adiós, señor, y gracias.

-adiós, pequeño.

Al día siguiente, Pinzas llegó a La Toja y se hizo amigo de un montón de cangrejos y camarones. También de los simpáticos caramujos. Decidió afincarse allí.

Una tarde un niño y una niña lo cogieron con una red y lo metieron en un cubo. Un anciano marinero del Grove los llamó:

-¡ nenos ! mirad, esto es una almeja y estos dos son berberechos. En el invierno las mariscadoras los cultivan muchas veces bajo la lluvia y con un frío intenso; si cada uno de los miles de turistas cogiese una, ellas se morirían de hambre.

-¿y con el cangrejo qué hacemos?

-yo lo soltaría, ¿no veis que es muy pequeñito?

Así lo hicieron.

Corriendo gritaban:

-¡papá, mamá, hemos soltado a los bichitos, porque ese señor nos dijo...

Pinzas aprovechó el momento y se adentró en el agua.

Hace poco me dijeron que lo vieron por Samil.

Pinzas volvió a casa.